junio 25, 2014

LAGUNAS DE SIECHA, PARQUE NACIONAL NATURAL CHINGAZA



Las iglesias, capillas y ermitas fueron los nuevos espacios de culto que la evangelización impuso a los nativos del continente americano. Los Muiscas, que en muchas ocasiones fueron reducidos a pueblos de indios o poblados doctrineros, antes de la llegada de los conquistadores rendían tributo a sus deidades en espacios naturales. Posiblemente los más importantes fueron las lagunas de páramo. El altiplano Cundiboyacense está enmarcado por cadenas de páramos que se levantan por encima de los 3.000 metros, como los de Guerrero, Guatavita, Gacheneque, el Tablazo, Iguaque y Chingaza. En sus alturas se resguardan numerosas lagunas, huellas de antiquísimas glaciaciones, pero sobre todo, templos ancestrales y santuarios de paisajes casi únicos en el planeta.


En el páramo de Siecha se encuentran frailejones de más de 5 metros de altura

El páramo de Chingaza, ubicado al oriente de Bogotá, en los municipios de Guasca, La Calera, Choachí y Fómeque resguarda algunas de esas lagunas que fueron unos de los principales centros de adoración para la comunidad Muisca, y donde se desarrollaba la ceremonia conocida como "Correr la tierra", ardua travesía entre las lagunas sagradas, descrita por Juan Rodríguez Freyle en El Carnero. En estos días no deja de ser impresionante la hazaña que constituían quienes en una carrera de muchos kilómetros y días en medio de las montañas y los páramos de la cordillera oriental, buscaban dejar sus ofrendas en los cuerpos de agua para conseguir el favor de los dioses. Aunque la visión dada por Freyle tiene el sesgo tradicional de la historia contada por los conquistadores, cronistas y religiosos españoles, se puede leer según su relato que la ceremonia era un evento multitudinario, una fiesta colectiva en torno a la comunión entre hombre y naturaleza en honor a las deidades creadoras del universo Muisca.



El oro que para los Muiscas era una porción del sol, máxima deidad, representada en un elemento natural, fue para los conquistadores el motor de empresas inimaginables por los ancestros. Algunas descripciones recogidas por Liborio Zerda en su obra El Dorado, muestran que la ceremonia muy posiblemente tuvo lugar en la Laguna de Siecha y no en Guatavita. Y tal fue el reconocimiento de las dos lagunas como centros de culto, que desde la colonia en adelante se emprendieron numerosas iniciativas para desecarlas y extraer las presuntas riquezas de sus fondos. En el caso de Siecha, el primer intento fue llevado a cabo por Pedro y Miguel Tovar, el general Francisco de Paula Santander y Miguel Pey, sin resultado alguno. Las empresas más sonadas sin embargo fue las emprendidas en 1856 por Bernardino y Joaquín Tovar en sociedad con Guillermo París y Rafael Chacón, quienes al lograr un descenso de tres metros en el nivel del agua, hallaron entre otras, una balsa de oro; y posteriormente en 1870 por Enrique Urdaneta y George Crowther quienes murieron al asfixiarse en el túnel cavado para desaguarla faltando apenas tres metros para terminar el socavón. (Zerda, 1947). La mencionada balsa lastimosamente desapareció en el incendio y naufragio de la embarcación que la llevaba hacia un museo europeo, sumándose a la enorme lista del patrimonio arqueológico colombiano, saqueado y usurpado por otros países.


El embalse de Tominé desde los páramos de Siecha

Visitar la laguna de Siecha puede ser un buen pretexto para acercarse a una municipio que se debate como el punto de confluencia de las tierras frías de la sabana, el páramo y las tierras templadas del Guavio. Guasca, además de las Lagunas y su páramo, tiene otros lugares que vale la pena conocer, como el Parque Central, que sigue siendo un lugar de encuentro y ocio para la comunidad, o como la Capilla de Siecha, antiguo centro de adoctrinamiento de los Dominicos, construido en el siglo XVII.

Capilla de Siecha, construcción del siglo XVII declarada Monumento Nacional

El ascenso a las lagunas comienza en el municipio de Guasca donde se recomienda abordar el colectivo a la vereda Pasohondo; allí, un aviso de parques naturales marca el ingreso. A partir de este punto hacen falta un par de horas caminando por un carretero veredal, para llegar a la cabaña. Es fundamental haber hecho la reserva en la oficina de parques naturales (Cr. 10 No. 20-30, Bogotá) o en su defecto llegar antes de las 10 AM, puesto que el cupo de ingreso es de 40 personas al día.



Luego, ya en medio del ambiente del páramo, con la niebla, los frailejones y una ruta que a menudo cruza cojines de agua y pantanos, se llega a la más pequeña de las lagunas conocida como América (Guaiaquiti en lengua Chibcha). En adelante es posible continuar hasta la laguna intermedia llamada Fausta o Tivatiquica, y remontar una pequeña cuesta para llegar a Siecha, ubicada a mayor altura, y desde donde se puede emprender el ascenso a las peñas que la resguardan y así poder tener una panorámica general del sector, e incluso del valle del Río Teusaca, los embalses de Tominé y San Rafael, y el cerro de Pionono en Sopo, que desde los 3.600 metros de altura aparece apenas como una pequeña colina.   


En general el parque Nacional Natural Chingaza, con sus extensas áreas de páramo, y la diversidad de fauna y flora que la caracteriza, es sin parte fundamental del patrimonio natural del departamento y la ciudad de Bogotá, pues allí, a más de 3.000 metros de altura, nace el agua que consume la mayoría de bogotanos, y municipios de las provincias del Guavio y Oriente. Más allá de los valores históricos que se manifiestan en el área de las lagunas, son sus condiciones ambientales las que más se resaltan. Es bien sabido que los páramos andinos son un ecosistema único, y en el caso de Siecha, encontrarse a tan poca distancia de la ciudad de Bogotá hace de este sector del parque natural un destino imperdible para todo caminante o naturalista. Más aún cuando se puede percibir en el camino de ascenso que la frontera agrícola ha ganado altura y antiguas zonas de páramo han sido sustituidas por especies exóticas como el pino, o han dado lugar a cultivos de papa. Esta situación demuestra que a pesar del régimen de protección de las áreas del sistema de parques naturales, una buena parte de la zona de amortiguación de páramos y bosques permanece bajo una constante amenaza que se agudiza cuando existen limitadas posibilidades de acceso a la tierra para la población rural, lo que termina traduciéndose en un conflicto entre la conservación y la subsistencia de los campesinos.

TEXTO: FUNDACIÓN SENDEROS Y MEMORIA
FOTOS: Fundación Senderos y Memoria - Santiago Rincón Leuro

agosto 13, 2013

CATEDRAL DE SAL DE ZIPAQUIRÁ: ¿MARAVILLA O PARQUE DE DIVERSIONES?

Nave central de la catedral de Sal de Zipaquirá

La Catedral de Sal de Zipaquirá es sin duda uno de los atractivos turísticos más recomendados por los mismos bogotanos. Muchos citadinos y en general turistas de diferentes regiones de Colombia y otros países, visitan toda la semana la Catedral, principalmente los fines de semana. Algunos aprovechan el recorrido del Tren Turístico de la Sabana para hacer más interesante el plan al aprovechar el corredor férreo y los paisajes sabaneros por donde corre. Sin embargo, al visitarla se percibe que a pesar de ser un negocio rentable para empresarios y habitantes de la región, la gestión del atractivo turístico en función de su conservación es un tanto discutible.


Detalle del medallón en marmol, réplica escultórica de la creación de Adán, célebre fresco de la Capilla Sixtina

Una de las mayores dificultades cuando se abre al turismo cualquier destino es gestionarlo de una manera eficiente y sostenible, esto es, preservarlo para que futuras generaciones puedan disfrutarlo y, por qué no, seguir sacando partido económico de él, pero en coherencia con sus valores históricos, ambientales y culturales. Lo que se ve en la catedral es una gestión perniciosa del atractivo turístico, que lo desvirtúa, que lo pervierte generando una pérdida de identidad del mismo. La catedral, es en efecto uno de los principales atractivos turísticos de Colombia, por su imponencia, la grandiosidad de sus naves y la solemnidad que imprimen a sus espacios las tallas en roca de sal, sus esculturas y sobre todo por el hecho de ser una construcción subterránea. Esto se da en medio de un contexto ligado a la devoción, a la minería y a la importancia de la sal en la historia de Colombia.


Detalle de una de las bóvedas de la Catedral, esculpidas también en piedra de sal

Al diversificar los atractivos y ofertas de un atractivo turístico se corre el riesgo de desvirtuar su contexto, al añadir elementos que son innecesarios o podrían realizarse en otras zonas, no dentro del atractivo principal. Esta condición poco a poco le imprime a la Catedral de sal un tono de parque de diversiones, donde además del interés estético que genera la construcción en sí misma y su función devocional, confluyen también espectáculos de luces y música, espacios comerciales, ventas de crispetas, pantallas con apariencia navideña y maquinas para sacar muñecos de peluche con una tenaza.


Tiendas de artesanías y recuerdos en el sector comercial de la Catedral

Ante tal panorama preocupa la preservación de la cultura y el patrimonio; la inclusión de tantos elementos ajenos al fin de la Catedral, parece banalizar lo que podría ser un recorrido que provoque reacciones emocionales basadas en la monumentalidad, sin recurrir a elementos sórdidos como luces, música y souvenirs, todo bajo el amparo de ser "único subterráneo en el mundo".


Túnel de acceso a la Catedral

Por otro lado, es preciso señalar otros elementos que no concuerdan mucho con el papel del guía, pues ellos mismos alientan el ruido y afirman a los turistas que “pueden llevarse la sal que quieran”, cuando debieran preservar el orden y fomentar unas conductas positivas, por ejemplo, recordando a los visitantes que no deberían tocar las paredes de la catedral para poder preservarla de futuros deterioros a largo plazo, al cual seguramente se llegará tras décadas de visitantes tocando las formas y texturas minerales.


Estación de ferrocarril de Zipaquirá

Sin embargo, no deja de ser recomendable visitar la Catedral, y de paso recorrer el renovado centro histórico de Zipaquirá, su Catedral, obra de Fray Domingo de Petrés, su plaza y la Estación del ferrocarril, sede actual de la casa de cultura del municipio, y en el que se demuestra que en los pueblos de Colombia puede dársele nuevos usos a los bienes patrimoniales que están sumidos en el olvido y el deterioro.


TEXTO: ARANTZA MARDONES - UNIVERSIDAD DE DEUSTO, BILBAO / SANTIAGO RINCÓN LEURO
FOTOS: SANTIAGO RINCÓN LEURO - FUNDACIÓN SENDEROS Y MEMORIA




julio 24, 2013

CHAPINERO: PATRIMONIO URBANO DE BOGOTÁ

Barrio Quinta Camacho, Chapinero

"Atenas Suramericana" era el mote por el cual se conocía popularmente a Bogotá, en razón del agitado movimiento cultural y literario que se daba en la ciudad hacia finales del siglo XIX. Este apelativo sin embargo no reflejaba lo que se vivía en las calles del entonces pequeño poblado, que aunque era capital del naciente país, padecía una lamentable situación sanitaria. Con la carencia de un adecuado sistema de alcantarillado los ciudadanos arrojaban basuras y aguas residuales a las calles, para que las lluvias las arrastraran a los ríos San Francisco y San Agustín, convertidos estos en cloacas.


En Chapinero se conservan construcciones que evidencian el pasado rural del barrio, con sus haciendas y casas quintas

Entre tanto al norte de la ciudad, en camino hacia el pueblo de Usaquén, se gestaba una especie de suburbio capitalino: Chapinero, cuyo origen se remonta a comienzos del siglo XIX, cuando en la zona vivía un zapatero gaditano llamado Antón Hero Cepeda, quien fabricaba unos zapatos llamados "Chapines". Durante el siglo XIX, el sector se pobló de familias de la aristocracia bogotana que establecieron allí sus quintas de recreo en función de su estratégica posición, y en busca de mejores condiciones de salubridad. Fue tal su relevancia como territorio que allí se estableció la que sería una de las más grandes iglesias de Bogotá: Nuestra Señora de Lourdes.


Capilla de los Santos Apóstoles del Gimnasio Moderno, obra de Juvenal Moya que se destaca por el uso del concreto y la vivacidad de sus vitrales


Ya entrado el siglo XX, la densidad de Bogotá empujó sus límites hacia los contornos rurales. Hacia el norte, muchos de los espacios de haciendas o campos, fueron parcelados y se levantaron allí numerosos barrios, como San Martín, La Merced, Sagrado Corazón y Sucre, y durante las tres primeras décadas, otros barrios como Quinta Camacho y Granada. En sus barrios creció además una nueva generación de la aristocracia criolla, personajes cultos que viajaron o estudiaron en Europa y trajeron consigo una variedad de modismos y refinamientos que modelaron la estampa del "Cachaco", típico bogotano de antaño que se caracterizaba por su elegancia, acento y refinamiento, convertidos luego en estereotipo del chapineruno. 


Una de las casas tradicionales de la población de una naciente clase media, que buscó asiento en espacios diferentes del centro, como el barrio Sucre, en proximidad a donde hoy se encuentra la Pontificia Universidad Javeriana


Contar la historia de Bogotá entre los siglos XIX y XX es un ejercicio incompleto si no se menciona al sector, poblado de urbanizaciones que, de la misma forma que Teusaquillo, mostraron pinceladas de una arquitectura cada vez más infuenciada en modelos europeos como el Tudorbethan, estilos góticos ingleses, franceses o neocoloniales en general y adaptaron muchos de sus elementos formales en casas y quintas, e incluso barrios de población obrera o de clase media. Igualmente a lo largo del siglo, obras como el tendido de la primera línea del tranvía (ocupado hoy por la Carrera 13), la construcción de la carretera central del norte (prolongación de la carrera Séptima hacia el norte), o el establecimiento del ferrocarril del norte (cuyo trazado inicial hoy ocupa la Avenida Caracas), estrecharon los vínculos de la ciudad y el antiguo suburbio.


Barrio Granada (Carrera 5ª con Calle 67), con sus típicas casas influenciadas por el estilo Tudor Victoriano


Durante el siglo XX Chapinero fue además epicentro de la cultura. Numerosos teatros como el Cinelandia, el Astor Plaza, el Trevi o el Metro Riviera, entre muchos otros, después de un gran apogeo, entraron en una etapa de decadencia sin freno; reconvertidos luego en iglesias o cines porno, y los que tuvieron mejor suerte, en sitio de eventos o bares, como el Libertador o el Royal Plaza. (Especial multimedia de El Tiempo sobre los teatros de Chapinero http://www.eltiempo.com/Multimedia/el-anden/chapinero/

Castillo del Mono Osorio en el barrio Rosales


Hoy Chapinero, aunque es una localidad reconocida por sus opciones de entretenimiento, por los lujosos restaurantes de la Zona G de Quinta Camacho, la Zona Rosa o el Parque de la 93, o por su actividad comercial y empresarial, encierra un vasto patrimonio urbano, fiel testigo del desarrollo de la modernidad en la ciudad y su desprendimiento del pasado colonial y republicano. Patrimonio representado en numerosos monumentos, en barrios declarados Sector de Interés Cultural, como Granada, Emaus, Sucre y Quinta Camacho; en imponentes construcciones como las iglesias de Lourdes, la Porciúncula, Chiquinquirá o la capilla de Cristo Rey, el Gimnasio Moderno, el Seminario mayor, la Sinagoga Adat Israel; el tradicional restaurante Las Margaritas, el más antiguo de Bogotá y fiel representante de las cocinas tradicionales del Altiplano Cundiboyacense; Parques como el del Chicó y el Virrey; o en área rural, vereda del Verjón Bajo, los bosques, caminos y quebradas de los cerros orientales, como La Vieja o Las Delicias. 


Quebrada de la Vieja, en el barrio Emaus (Carrera 2 con calle 71), parque que da inicio a uno de los caminos que se interna en los Cerros Orientales de Bogotá


Chapinero, a pesar de la presión inmobiliaria que se lleva por delante algunos inmuebles dignos de conservarse, podría ser perfectamente uno de los ejes del turismo cultural de la ciudad, acostumbrada con el tiempo a considerar que su patrimonio es solamente aquel relacionado con la colonia, la influencia española, o los bienes muebles que reposan en sus museos y casas coloniales.


Parque del Chicó (Carrera 7ª con calle 92), vestigio de la antigua Hacienda del Chicó, propiedad de Mercedes Sierra, hoy parque público


FOTOS Y TEXTOS: FUNDACIÓN SENDEROS Y MEMORIA

julio 04, 2013

LOS CAMINOS HISTÓRICOS DE LA REAL EXPEDICIÓN BOTÁNICA - ARTÍCULO



El último número de QUIROGA, REVISTA DE PATRIMONIO IBEROAMERICANO de la Universidad de Granada, incluye un artículo basado en una investigación desarrollada por la Fundación Senderos y Memoria, sobre un diagnóstico de patrimonio y conservación en caminos vinculados con la obra y vida de José Celestino Mutis y la Real Expedición Botánica. Compartimos con ustedes el enlace para que accedan a la publicación virtual, que además es posible descargar en formato PDF y los invitamos a leer los restantes artículos. 

ENLACE REVISTA

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diciembre 25, 2012

PROVINCIA DE UBATÉ, CUNDINAMARCA

Laguna de Fúquene

La cultura Muisca, habitante del altiplano cundiboyacense era una de las más numerosas del actual territorio de Colombia. Antes de la llegada de los españoles existían ya varios poblados dispersos por la sabana de Bogotá, y el altiplano, de los cuales algunos conservan aún sus nombres originarios. En el año de 1538, en una accidentada expedición liderada por Gonzalo Jiménez de Quesada, los españoles llegan al territorio del altiplano, y en su azarosa ruta hasta la sabana de Bogotá, ingresan al altiplano por la región donde ahora se asienta Vélez, en Santander, Chiquinquirá en Boyacá, y por el territorio que hoy conforma la provincia de Ubaté.

Basílica Menor de Ubaté

La provincia de Ubaté, limita hacia el norte con el departamento de Boyacá, al oriente con la provincia de Almeidas, al occidente con la provincia de Rionegro, y al sur con la provincia Sabana Centro, regiones de Cundinamarca que como esta, que enfrenta acelerados procesos de industrialización que ponen en riesgo su entorno natural y su vocación campesina. Sin embargo, aproximarse a la provincia y visitar sus pueblos y veredas, es una oportunidad para conocer una de las regiones de más diversas de Cundinamarca en cuanto a patrimonio natural y cultural se refiere: páramos, lagunas, formaciones rocosas con vestigios prehispánicos, arquitectura colonial, iglesias y capillas, infraestructura ferroviaria, y un notable arraigo campesino expresado en la producción de productos como el maíz y los lácteos, pero así mismo intensas actividades mineras y agrícolas que van en detrimento de su medio ambiente y sobre las cuales las autoridades municipales y departamentales debe emprender acciones para su regulación.

Laguna de Fúquene

El valle donde se asienta una buena parte de la provincia corresponde al lecho de una antigua laguna de la que quedan como vestigios las lagunas de Palacio, Cucunubá y Fúquene. Actualmente la laguna de Palacio es un humedal cubierto casi en su totalidad por juncos y vegetación lacustre; la de Cucunubá aún conserva una buena porción de su espejo de agua pero también acusa un notable retroceso, debido en parte a la implementación de sistemas de riego que alteraron su cuenca y la comunicación entre los dos cuerpos de agua. Fúquene, que se deriva del vocablo Muisca "Lecho de la zorra", es por su parte el cuerpo natural de agua más grande del departamento pero también uno de los más amenazados. En el curso de los últimos 60 años ha perdido más de la mitad de su volumen pues sus orillas constantemente son desecadas para prolongar la frontera agrícola, y la contaminación derivada de la actividad agrícola ha propiciado el crecimiento acelerado del buchón y el jacinto, plantas que cubren un buen porcentaje del espejo de agua. Sin embargo (porque el agua tiene memoria), en épocas de invierno la laguna inunda una buena parte de las propiedades que rodean su orilla, recuperando lo que históricamente le ha sido arrebatado.

Municipio de Fúquene

La laguna fue un importante centro ritual para las cultural precolombinas habitantes del altiplano cundiboyacense, pero a partir del siglo XIX diversas empresas intentaron su desecamiento, de las cuales una de los más ambiciosas fue liderada por José Enrique París en 1852, quien impulsó la construcción de un túnel para acelerar la pérdida del cuerpo de agua. La construcción del ferrocarril del Norte, hizo que la laguna se convirtiera en uno de los escenarios naturales más visitados por las familias santafereñas, y a su vez con la adquisición de la isla el Santuario, por parte del poeta Antonio María "el Jetón" Ferro, esta se convirtió en una de las sedes del grupo poético de la Gruta Simbólica. Con la llegada del ferrocarril por su parte, se levantó una notable infraestructura que incluye las hoy abandonadas estaciones de Susa y Simijaca y un túnel a la orilla de la laguna.

Estación del ferrocarril del norte en Simijaca

En el municipio de Ubaté se erige la Basílica Menor, una de las principales obras de la arquitectura religiosa de influencia gótica del país. Sin embargo para la memoria de la región tal vez el templo que tiene mayor relevancia histórica sea la capilla doctrinera de Sutatausa, epicentro de la evangelización en el valle de Ubaté, y donde aún se conservan algunas de las máquinas de tortura utilizadas por los españoles en su afán de expandir la religión católica. Es tristemente célebre el suicidio colectivo en el que perecieron cientos de indígenas en 1541 al lanzarse desde el filo de las peñas de Sutatausa, ante la afrenta que supuso la evangelización forzada y la esclavización de la que fueron objeto; en los numerosos bloques de piedra de las laderas del farallón se conservan algunos vestigios de pictogramas que representaban su cosmovisión y se mantienen junto a algunos caminos como una de las más notables huellas del pasado prehispánico de la provincia.

Capilla doctrinera de Sutatausa

Peñas de Sutatausa

Además de Ubaté, Sutatausa, Simijaca y Susa, forman parte de la provincia los municipios de Fúquene, Lenguazaque, Guachetá, Tausa, Carmen de Carupa y Cucunuba. Este último, uno de los municipios de Cundinamarca que mejor evocan un pasado colonial de casas uniformes y calles empedradas. En cuanto a los recursos naturales que enmarcan la región, son notables los páramos del Soche, Peñalisa y Rabanal y el pico Sicuara, sin contar con tradición artesanal basada en el uso del junco que crece en la laguna de Fúquene, y la gastronomía típica de la región con platos como el mute de maíz pelado con pata, y otros que recogen influencias de regiones vecinas como Boyacá e incluso Santander.

Camino prehispánico en las peñas de Sutatausa

Los numerosos atractivos patrimoniales de la provincia demandan acciones para su recuperación y conservación; Respecto al patrimonio natural la creación de reservas como la del páramo de Rabanal en Guachetá son iniciativas que deberían favorecer la conservación de los ecosistemas propios de la montaña, pero que no frenan el avance de la minería. A pesar de acciones como la formulación de una estrategia para el manejo ambiental de la cuenca Ubaté-Suárez (Documento Conpes 3451, 2006) y medidas tomadas por la CAR como la construcción de un canal perimetral, no han sido suficientes para la preservación del cuerpo de agua de la laguna de Fúquene. Respecto a la preservación del patrimonio arqueológico, el Centro de Historia y patrimonio Cultural de Sutatausa ha emprendido acciones para su inventario y registro, elemento que debe ser base para la formulación de planes de manejo por parte de entes como el Ministerio de Cultura y el ICAHN, que garanticen el acceso a tales recursos sin comprometer su preservación. Adjuntamos enlace al documento de reconocimiento, documentación y registro de sitios con arte rupestre en Sutatausa:

http://openarchive.icomos.org/989/1/1.PROYECTO_ARTE_RUPESTRE_SUTATAUSA_INTRO.pdf


Iglesia de Susa

Textos: Fundación Senderos y Memoria
Fotos: Santiago Rincón Leuro

marzo 12, 2012

MUSEO DEL ORO, BOGOTÁ


En el año de 1892 el presidente Carlos Holguín, ordenó el envío de 122 piezas que conformaban el tesoro Quimbaya, a una exposición conmemorativa del cuarto centenario de la conquista de América en la ciudad de Madrid. Una vez allá, decidió regalar las piezas a la reina María Cristina de Habsburgo, como símbolo de agradecimiento por su mediación en un conflicto limítrofe con Venezuela, finalmente ganado por Colombia. Desde entonces las piezas reposan en el Museo de América en Madrid. (Pablo Gamboa. El tesoro de los Quimbayas, 2002). Este es apenas uno de los casos que evidencian el saqueo del patrimonio arqueológico del país, en este caso por parte de sus mismos gobernantes. 


La historia de América ha estado signada por el saqueo de su cultura, sus recursos naturales y humanos, sus costumbres y evidentemente su patrimonio arqueológico. Tras la llegada de los españoles se llevó a cabo un proceso sistemático de apropiación de piezas de plata, oro y todo aquello que pareciera valioso para los conquistadores. Igualmente durante la colonia varias iniciativas procuraron desecar lagunas como las de Guatavita y Siecha con el fin de extraer ofrendas depositadas allí en ritos ancestrales. En alguna medida lo consiguieron. Pero lo que sí ha perdurado hasta nuestros días es el saqueo derivado de la guaquería, que podría ser también un síntoma de la falta, por un lado, de valoración de ese patrimonio, y por otro, de la falta de opciones para muchos campesinos dado lo que podría representar el hallazgo de una pieza para su economía familiar.


Así como el tesoro Quimbaya fue hallado por guaqueros, recuperado por el gobierno y luego perdido de nuevo, muchas piezas se encuentran en manos de diferentes coleccionistas privados y redes de tráfico ilegal. Y otras como el Poporo Quimbaya y la balsa muisca afortunadamente fueron recuperadas. El Poporo, recuperado en 1939 fue adquirido para la época por la suma de $3.000 a una mujer que lo conservaba; es esta la pieza que dio origen a la colección del Museo de Oro del Banco de la República, la cual cuenta con más de 35.000 piezas de orfebrería en oro, cobre, plata, bronce, y más de 12.000 de cerámica, lo que la hace la colección de arte precolombino más grande del mundo.


Las salas de Museo presentan un amplio recorrido por las culturas prehispánicas del territorio colombiano como los Sinués, Taironas, Calimas, Muiscas, Tumacos y Quimbayas, y su arte orfebre representado en joyas, utensilios de uso doméstico y de uso ceremonial, y artículos que reflejan la riqueza de su cosmogonía. Así mismo se destacan piezas confeccionadas en técnicas diversas como el repujado, la filigrana, y en particular la tumbaga que consistía en una aleación de oro y cobre en proporciones de 30% y 70% respectivamente. Algunas de las piezas de motivos más finos se obtenían gracias a la técnica de la cera perdida, basado en el uso de un molde de arcilla recubierto con una capa de cera, una nueva capa de arcilla, y el vaciado del metal caliente en el espacio que ocupaba la cera.


Aunque el Museo fue inaugurado en 1939, sólo comenzó a funcionar en su sede actual a partir del año 1969, tras la inauguración del edificio diseñado por la firma de arquitectos Esguerra, Sáenz, Urdaneta y Samper en el marco del Parque Santander, y actualmente es uno de los referentes internacionales del turismo y la cultura en Bogotá. Además de la riqueza que resguarda en su interior, (la colección fue declarada Monumento Nacional en 1975) muchas de las piezas que conforman el museo, forman parte del imaginario colectivo de los colombianos respecto a su pasado indígena; incluso quienes no han ingresado al recinto, asocian figuras como el Poporo o la Balsa Muisca con las culturas precolombinas de las que en parte desciende el pueblo colombiano, como una remembranza a la memoria de estas comunidades que vieron como las piezas que representaban su universo, sus costumbres y su sabiduría, fueron convertidas en simples lingotes.

Textos: Fundación Senderos y Memoria
Fotos: Santiago R. Leuro

marzo 08, 2012

QUEBRADA DE HUMAHUACA, ARGENTINA


Humahuaca
Foto: Santiago R. Leuro

Al pensar en el término "Patrimonio" generalmente se evocan construcciones, vestigios arqueológicos o tradiciones ancestrales. Sin embargo el concepto aborda una serie de interacciones entre lo material y lo inmaterial que no se ciñe exclusivamente a etapas históricas pasadas como la época precolombina o la colonia, sino también en un momento actual. Las relaciones se dan en un marco contextual que bien puede ser urbano o rural, y que en su conjunto conforma un paisaje, de manera que en relación a los valores patrimoniales se han establecido nuevas categorías que vinculan ese tipo de lazos entre lo tangible, lo intangible y el ambiente, como lo es el paisaje cultural. La UNESCO (1994) lo define como "una propiedad cultural que representa los trabajos combinados de la naturaleza y el hombre, que ilustra la evolución de la sociedad a través del tiempo, bajo las condiciones presentadas por un medio ambiente natural"


Calle de Humahuaca
Foto: Santiago R. Leuro

La Quebrada de Humahuaca, uno de los paisaje culturales más llamativos de Suramérica, se ubica al norte del actual territorio argentino en la provincia de Jujuy, y corresponde a una zona de transición entre las altiplanicies andinas, y las planicies bajas de la provincia de Salta. Justamente allí y de manera paralela al valle del Río Grande, transcurre el camino Inca principal, que enlazaba los confines del imperio, con las zonas más centrales del Tawantinsuyo. Tras la llegada de los españoles, la misma ruta de comercio enlazó la ciudad minera de Potosí, con las provincias del río de la Plata. Sin embargo, a pesar de la colonización y los procesos de evangelización, aún es evidente el origen andino de muchos de los pueblos de la quebrada.


Foto: Santiago R. Leuro

La Quebrada de Humahuaca corresponde al valle del Río Grande y los numerosos pueblos que se asientan allí: Abra Pampa, Animaná, Iruya, Huacalera, Humahuaca, Maimará, Tilcara, Volcán, Purmamarca, entre otros; una región seca, con pocas precipitaciones y un paisaje de diferentes tonos rojizos, verdes, amarillos y blancos, que se asemeja a una paleta de pintor, y donde predomina una flora típica de ambientes semiáridos como el cactus. El color de la tierra se extiende a sus pueblos, que lejos de tener construcciones monumentales, recoge una variedad de obras religiosas y civiles testigos del pasado colonial y republicano. La quebrada además fue escenario de diversas batallas entra tropas realistas y ejércitos patriotas que resistieron varias invasiones, y a los cuales se las brinda homenaje con un imponente monumento en el pueblo de Humahuaca.


Paisaje de Purmamarca
Foto: Michelle Fingeret

Sin embargo la importancia de la región en el marco histórico se remonta a la presencia de los Omaguacas, comunidades dedicadas principalmente a la agricultura y el pastoreo de camélidos andinos, quienes tras la expansión del imperio Inca, fueron subordinados al poder imperial. Los elementos indígenas aún se manifiestan en la fisionomía de los Quebradeños en general, la preservación de tradiciones ancestrales como el uso de la coca, y el uso de instrumentos autóctonos andinos como la zampoña, la anata y el bombo. La principal manifestación de la idiosincrasia indígena se hace mucho más evidente en dos elementos, tangible e intangible respectivamente. En primera instancia, en la presencia de sitios arqueológicos como el Pucará de Tilcara, fortaleza y puesto de vigilancia ubicado en un pequeño cerro que domina el valle hacia todos sus costados, y que hoy es uno de los principales atractivos turísticos de la Quebrada; por otra parte en el Carnaval de Humahuaca, tradición heredada de los españoles, pero readaptada al mundo aborigen con la vinculación de ritos y celebraciones de agradecimiento a la Pachamama.


Iruya
Foto: Michelle Fingeret

La música y la danza son los elementos más llamativos de la festividad, a la cual se movilizan multitudinarias caravanas de campesinos, indígenas y gauchos. Además del culto a la tierra y a los elementos naturales propio de los pueblos originarios, las celebraciones vinculan el culto religioso a la virgen de la Candelaria; Por otra parte en las carreteras y caminos de la Quebrada, así como en diferentes provincias de Argentina, es usual también encontrar pequeños altares al Gauchito Gil, figura de devoción popular a la que se le atribuyen numerosos milagros.


Pucará de Tilcara
Foto: Santiago R. Leuro

La quebrada ha sido revalorada como uno de los principales destinos turísticos del norte de Argentina, y al año recibe una importante afluencia de visitantes argentinos y extranjeros. Pero a pesar de esto y de los valores que condicionaron la declaración de Patrimonio de la Humanidad en el año 2003, y su riqueza en paisajes y cultura, la región se ha visto amenazada por lo que pareciera ser una nueva tendencia global en Latinoamérica: la minería a cielo abierto. Las provincias de Jujuy y Salta, al norte de Argentina son particularmente ricas en litio y uranio, y diversas empresas argentinas y multinacionales han emprendido diferentes iniciativas para la explotación; actividad que a pesar de ser presentada a las comunidades como "amigable con el ambiente" acarrearía numerosos efectos nocivos para la conservación del paisaje, del ambiente y las fuentes de agua de la Quebrada, y problemas sociales derivados de la actividad minera como el subempleo y la migración.

Textos: Fundación Senderos y Memoria
Fotos: Michelle Fingeret - Santiago Rincón Leuro

noviembre 27, 2011

CAÑÓN DEL CÓNCAVO, SIERRA NEVADA DEL COCUY

Cañón y lagunas del Cóncavo

Boyacá se precia de tener uno de los pocos ecosistemas de alta montaña de Colombia. A pesar de no tener el tamaño e imponencia de otras cadenas montañosas andinas como las cordilleras Blanca y Huayhuash en Perú, o la cordillera real de Bolivia, La sierra nevada del Cocuy es el santuario de montaña más completo del país gracias a la diversidad de picos y la posibilidad de actividades: senderismo, escalada en roca, en hielo o simplemente contemplación. Sus cumbres son murallas hacia los llanos orientales, y se levantan como el punto más alto de la cordillera oriental. 


Pico San Pablín sur y Laguna del Águila

La actividad turística ha traido un nuevo dinamismo para la región, pero con el turismo han llegado también nuevos males para la alta montaña, como se evidencia en sectores como el Ritakuwa Blanco, donde cada vez se amplían los caminos del páramo por cuenta del amplio número de visitantes (muchos de los cuales suben a caballo). La otra cara de la moneda se puede ver en otras zonas, como el cañón del río Cóncavo, a donde raramente ingresan visitantes diferentes a escaladores y montañistas.

Pico Cóncavo en el ascenso hacia el San Pablín Sur

El cañón es la cuenca natural donde discurre uno de los principales ríos de la región, pero también es uno de los sectores que tiene una mayor relevancia para la memoria y la identidad de los municipios de la sierra e incluso para la población indígena que habita el norte de Boyacá. La antesala del cañón es anunciada por la imagen de la virgen en el punto conocido como "la Cueva de la Cuchumba". Según la tradición en este lugar un anciano de barba blanca (que podría asimilarse a deidades como Bochica), le entregó a los indígenas U'was un lienzo con la imagen de la virgen, años antes de la llegada de los primeros evangelizadores españoles. Aún hoy la Virgen, conocida como la Morenita, es patrona de la sierra y sus pueblos y cada 6 de enero la cueva es escenario de una peregrinación masiva donde acuden habitantes de Güicán, El Cocuy y Chita.


Pico Ritakuwa Blanco desde la cumbre del San Pablín Sur

Erwin Kraus, pionero dlemontañismo en Colombia, junto a sus compañeros Fred y Dorly Marmillod, emprendió el último día de 1943 el ascenso al pico el Castillo, emblemática montaña considerada por muchos la más bonita del país. El ascenso supuso una especie de competencia entre los Marmillod, y la pareja de suizos Augusto Gansser y Georges Cuenet. Estos, en lugar de tomar la ruta de Kraus por el sur de la sierra, decidieron remontar el cañón y descolgarse por las empinadas paredes orientales del pico San Pablín Sur, en un paso conocido popularmente como "el paso millonario". A pesar de ser esta una ruta más directa, (y muchísimo más arriesgada y peligrosa), fue la cordada de Kraus la primera en llegar a su cumbre. Por su parte la cumbre del Pico San Pablín Sur es casi el punto medio de la sierra. Desde la cima se puede apreciar tanto el valle interno de la serranía y los picos del norte como los Ritakuwas y los picos sin nombre, así como los del sur, el Pan de Azúcar y Cóncavo, y el mismo Castillo ubicado al oriente justo en su frente y separado por el profundo valle. 


Pico el Castillo visto desde el pico U'wa

El turismo aún no ha abordado el Cañón del río Cóncavo, como lo ha hecho en otras zonas como la vecina Laguna Grande de la Sierra. Quienes se aventuran en medio de las altas paredes del cañón generalmente son escaladores o montañistas, lo cual ha contribuido a que el impacto generado por el tránsito de animales de carga sea mucho menor. Para acceder al Cañón la ruta parte de la Hacienda la Esperanza, típica hacienda campesina que además cuenta con infraestructura de alojamiento y alimentación. En el comienzo del valle de los Frailejones, se abandona el camino hacia la Laguna Grande, para seguir el curso del Río Cóncavo hacia el oriente, atravesando el páramo y luego cruzando las grandes morrenas que conducen hacia la Laguna del Águila, custodiada por el pequeño pico U'wa (conocido también como Banco Ancho), la pared norte del píco Cóncavo, y la cara sur del San Pablín Sur.


Hacienda la Esperanza

Textos: Fundación Senderos y Memoria
Fotos: Santiago R. Leuro

julio 08, 2011

IGLESIA DE SAN ANTONIO DE PADUA, BOGOTÁ

Iglesia de San Antonio de Padua, 
ubicada en la Avenida Caracas con Calle 8 sur

El panorama de la ciudad de Bogotá entre finales del siglo XIX y comienzos del XX, no era muy diferente al de un poblado de tamaño mediano, recostado contra los cerros y limitado a lo que es en la actualidad el centro. En el norte en este periodo se consolidó un barrio de familias acomodadas en el camino hacia Tunja: Chapinero. En cambio hacia el sur, más allá de las Cruces, hacia el entonces municipio de Usme, a excepción de sectores como el barrio San Francisco Javier, predominaba un ambiente rural fortalecido por los migrantes que llegaron de los llanos orientales, Huila, Tolima y otros municipios de Cundinamarca. En muchos sectores del sur se concentraron familias que vivían en condiciones de pobreza, agravadas entre otras por el hecho de tener más de 2 o 3 hijos.



En la última década del siglo XIX, por iniciativa de Monseñor Manuel María Camargo, por medio de la asociación de la Santa Infancia, y con la colaboración de diversas comunidades religiosas, se gesta la creación de un asilo de niños en el sur de la ciudad que acogiera a buena parte de la población de menores que vivían en el área. Su construcción, en predios cercanos al entonces parque Luna Park, comenzó en 1903; por su parte la iglesia data de 1907 y fue el arquitecto bogotano Julián Lombana (conocido también por el diseño de la iglesia de Nuestra Señora de Lourdes y la portada del Cementerio Central) estuvo al frente de las obras del conjunto en general.



El templo y asilo de San Antonio de Padua, es uno de los principales conjuntos de arquitectura religiosa del sur de la ciudad. Se destaca su construcción en ladrillo y piedra, así como la fachada del templo que recoge una amplia variedad de elementos ornamentales en los que se destacan los capitales dóricos y la espadaña con la imagen de San Antonio. Dentro de la iglesia sobresalen los frescos del maestro Ricardo Acevedo Bernal y los vitrales europeos que representan la vida del patrono del Templo, y los capitales de orden jónico que rematan las columnas que separan las tres naves y sobrepasan sus dos niveles.

Frescos del Maestro Acevedo Bernal. Nótese el agujero en la boveda 
que afecta la pintura mural. Este no es el único caso en el templo

Lastimosamente, aunque en menor medida que la iglesia del Voto Nacional, su conservación se ha visto comprometida. Ya son evidentes los daños que ha sufrido la bóveda y que han afectado los frescos del techo. De acuerdo a la reseña de la Arquidiócesis de Bogotá, esta situación posiblemente se relacione con el pesado tráfico de la avenida Caracas y sus continuas ampliaciones. Sumado esto a la desaparición de algunas estructuras del conjunto tras el cambio de uso del asilo a colegio.

Textos: Fundación Senderos y Memoria
Fotos: Santiago R. Leuro